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En 2011, después del desastre de Fukushima, el gobierno de alemán se dispuso a desactivar sus centrales de energía nuclear, que generaban aproximadamente el 30% de la energía del país desde hacía 60 años.

La desactivación completa tendría que haberse dado el 31 de diciembre del año pasado, pero la guerra en Ucrania y el consecuente corte de suministros de energía, gas y petróleo desde Rusia hizo que el plan se retrasara. Finalmente este sábado 15 de abril se apagó Isar 2, la última de las tres que continuaban funcionando.

La decisión no estuvo exenta de críticas de científicos, políticos y la población, que en general no están de acuerdo con tener que cumplir con la meta de cero carbono para 2038 en medio de una crisis energética que afecta a Europa, situación que llevó a varios países vecinos y de Asia a retomar la construcción de centrales atómicas.

Al mismo tiempo, las organizaciones ambientalistas también se encuentran divididas; muchas suponen que el fin de la era nuclear aumentará la dependencia del carbón y del gas, con las consecuencias ambientales -y políticas- que implican.

En última instancia, la ministra de Medio Ambiente cerró la cuestión: “Los riesgos de la energía nuclear son, en última instancia, incontrolables y, por eso, el cierre progresivo de las centrales hace que nuestro país sea más seguro y evite más residuos nucleares”, dijo hace unas semanas.


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