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«La gente paga por su propia coerción» Chomsky.

La inercia es la hermana de la apatía.

En distintos lugares del planeta es claro como el capitalismo se reinventa, se niega a adecuarse a los cambios que los pueblos en lucha, más por cansancio y hambre, piden. Ni hablar de su desaparición.
En los estados confederados del imperio del norte. En la vieja Europa de la inquisición y la burgués revolución francesa. La Hong Kong abrazada antes por la colonial Europa y hoy por el dragón chino de los salarios de miseria. Ni hablar de

Palestina y la lucha. Pero acá, en NuestraAmérica, parafraseando al gran José Martí, la apatía es reina y su hermana ya sabemos.

En efecto, es claro que hay hambre, clarísimo que apesta a corrupción, que las democracias, en tanto pluralismo político responsable y protegido institucionalmente, son, cuando menos, espejismos. Pero también claro, y sin perspicacia alguna, que el egoísmo del yo nos empuja, felizmente para ese capitalismo aberrante, al despeñadero de la insensatez mundana de la codicia. La empatía no pasa la línea de las redes sociales; otra herramienta capitalista para el censo digital en la búsqueda de obstáculos cuando de alzar la voz se trata.
Los pandémicos tiempos de la oscuridad son caldo de cultivo para las nuevas prácticas de un capitalismo recio, sostenido en el poder financiero, muchas veces, sino todas, untado de sangre.

En consecuencia, seguimos siendo testigos de la desidia, de una especie de juego macabro donde la individualidad no es ser dueñxs de nuestro propio camino, sino más bien, de un «sálvese quien pueda». Dónde la colectivización de saberes, prácticas y luchas, salvo algunos casos, es una quimera; apenas el sueño de pocxs, la lucha de menos, si acaso un camino a contramano del monstruo.

Mientras este esperpento sin pacto ideológico, peros sí financiero, nos quita el pan de la boca, no hay compromiso claro de nosotrxs: desempleadxs, mujeres (target de la violencia capitalista), lxs jóvenes, aunque sí es claro que son quienes más jalonan; lxs que soñamos con una amistosa relación con la pachamama y los saberes ancestrales de los pueblos originarios. Mientras la voracidad se reconfigura en periodos pospandemia, a todxs nos siguen diciendo que vivimos en Estados de derecho. Pero sin comida.

 


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Categorías:
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