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Siempre omitimos pensar al/la otro/a, o al parecer muy constantemente. Ese/a otro/a que tiene otras costumbres, creencias; ese arranque de la vida desde otras cosmogonías.

Por allá en 1532, llegaron a NuestraAmérica, parafraseando al escritor y poeta cubano José Martí, aquellos maleantes provenientes del primer mundo, los dueños de la hegemonía. Llegaron por aquello que a sus oídos se había acercado: la riqueza, no el descubrimiento de nada. La decadencia española, ataviada con deudas. Ellos se pensaron como depositarios de los grandes tesoros, que no sólo en este lado podían encontrar –y robar- sino también en África o Isas Canarias.

Las ventajas económicas que planeaban podían tener de ello eran enormes y, para ello, se valdrían de todo cuanto pudiesen. Hacer y deshacer: el robo de dos toneladas de oro y esmeraldas que entre 1533 y 1539 se llevaron, no sin antes violar y acribillar a las indias. Lo extraído del Cerro Rico de Potosí, en Bolivia, equivalente a 50.000 millones de dólares de hoy. Los 185.000 kilos de oro y los 16 millones de toneladas de plata, más el asesinato del Cacique

Guaicaipuro o las 43.000 libras de oro y 90.000 de plata incas, no sin antes, matar a 7.000 indios y claro, el oro y los diamantes en Vila das Minas en 1711; masacrando a miles de indígenas.

El Imperio incaico se extendió desde el sur de lo que hoy es Colombia hasta el norte argentino y chileno, por la imponente cordillera de los Andes. Aquel imperio, en quechua del tahuantinsullo (las 4 grandes regiones) fue el imperio más grande de la América precolombina.

En otras palabras, este imperio, gobernado por Atahualpa y con capital en Cusco, de lengua quechua y politeísta, era el blanco del conocidísimo Francisco Pizarro; el bastardo analfabeta que supo sacar provecho de la crisis política del imperio andino para, con ayuda de quienes siempre han existido, quienes traicionan, poder dar captura a Atahualpa, claro, primero perfilando su imagen como la del villano.

A decir: el imperio más grande de la América precolombina, donde se almacenaba y redistribuía todo para los funcionarios, trabajadores y ejército. Donde el conocimiento en ingeniería era absolutamente descomunal y la riqueza inconmensurable en tanto metales y orfebrería, era víctima de soldados al mando de sanguinarios, prepotentes y subnormales, asediado por ataques coloniales.

Parece tan actual.

Viracocha e Inti, Dios creador y Dios sol, no eran el mismo Dios de los españoles, de los invasores; ese con el que escondieron la sevicia y el expolio. Tampoco eran bondades del ejército español o su realeza en jefe, la redistribución, el compartir el trabajo y los bienes mediante la reciprocidad. Aun hoy no lo es. Los Incas sí sabían de eso.

Gracias a los tesoros robados, mediando la muerte, el despojo y la imposición de un Dios y unas costumbres, se podía decir que las expediciones anteriores y futuras de los ejércitos españoles fueron canceladas; es decir, la colonización también era un tema de deuda, como ya mencionaba, de ahí que la lógica de la expansión fuera de continuo movimiento y búsqueda de nuevos territorios.

En consecuencia, la fría y calculadora codicia era la hermana de la humillación y el apresurado paso en búsqueda de tesoros y medios para pagar deudas. Las deudas se mancharon de sangre para poderse pagar.

De forma semejante, la relación pútrida, acreedor-inversor basada en la ganancia (el deudor era el aventurero colonizador) sobre la vida, ¡bárbaros! Por ahí aun encontramos similitudes con la economía de mercado.

Les llaman “héroes” a los que “conquistan”, roban, asesinan y posteriormente al que sobrevive le explotan su fuerza de trabajo. Aquellos “conquistadores”-la moda es el eufemismo- tenían ideales elevados: cristianización, incorporación de los americanos a la civilización (de la barbarie) y, en esa lógica la rebelión era vista como la respuesta equivocada que, por supuesto, daba lugar a la represión. Así es la marcha de la historia.
Y así, sí, así se sucedió la colonización. Españoles que identifican escaramuzas políticas, tildan de villano a quien busca defenderse y defender el territorio de los ataques, se juntan a los andinos traicioneros y urden todo un plan para el desprestigio; así Atahualpa fue condenable, así son condenables por las repúblicas de hoy.

Esa es la relación, llegando a territorios que no les necesitaban, matando, expoliando y dejando mucho como herencia, lo peor que traían.

América fue saqueada, no descubierta.

 


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