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Roxana Hernández, Johana Medina, y Victoria Arellano, tres mujeres trans que murieron en los criminales centros de detención de Trump y su sueño americano.

En América Latina el estimado de vida de las mujeres trans es de 35 años. Las arbitrariedades e ignominia estatal moneda corriente. La falta de atención médica, la exclusión, actos de violencia sobre sus territorios: sus cuerpos. La crueldad policial, la imposibilidad de educarse y trabajar; pero, sobre todo, el asesinato.

¿Y acaso la identidad de género que se tiene es motivo de delito o suficiente para ser violentadas?

En otras palabras, las mujeres trans hoy migran porque sus vidas corren peligro, porque su identidad es un arma de dignidad, y la dignidad al patriarcado le hiere, a la construcción social acuchilla.
A consecuencia de la violencia y el estigma, la migración se convierte en camino para escapar. De pueblos y pequeñas ciudades cobijadas por un conservadurismo hermano de los dogmas religiosos a las grandes urbes de lo impersonal. De país a país, de violencia a violencia.

La vulneración es histórica, la lucha colectiva, la migración muchas veces el camino.

No obstante, la migración trans está en el eslabón más canalla, donde la vulneración de derechos es más importante que los protocolos.

Y, ¿por qué dejar su terruño por ser? ¿por qué la policía dirá cuál es su identidad? ¿por qué las calles son las violencias que atacan sus territorios?

Actualmente la migración trans de Centroamérica y el Caribe, en muchas ocasiones, intenta llegar a Estados Unidos, pero el “american dream” les recibe en tribunales con cargos por asalto; más violencia institucional.
En nuestros días seguimos presenciando la película de terror en que puede convertirse el ser migrante cuando la identidad no pareciera estar a cargo de la autonomía y el sentir, sino más bien en el Estado y sus fuerzas represoras.

 

«¿Por qué elegir entre los dos géneros, como si estos géneros fueran la panacea del mundo, uno por opresor y la otra por oprimida?»

Lohana Berkins.

 

 


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