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CÓMO FABRICAR UNA VERDAD Y HACER QUE SE CONSUMA

El ex director de la CIA, William Casey tiene la reputación de haberle dicho a Ronald Reagan “Todos sabemos que nuestra desinformación está completa cuando todo el público americano cree que es falsa”.

Avanzamos rápido treinta años y no hay contenido ficticio que las masas no se crean.

Desde Woke (*término que engloba a quienes están alerta contra los prejuicios raciales y la discriminación en Estados Unidos) al COVID o a la guerra en Ucrania, las personas ya no hacen sus propios peregrinajes ideológicos hacia la verdad: sus dirigentes políticos crean una verdad lista para consumir.

Hoy en día hay poca distinción entre los dos hemisferios: todo es realidad e ilusión. No es tanto que a las personas se les haya robado su capacidad de diferenciar entre estos dos, sino que los hechos se han volcado hacia la ficción y la ficción hacia los hechos. Hay una desvalorización de la teoría del conocimiento tan trascendental que la gente no sabe lo que está pasando y ni siquiera sabe que no lo sabe, para citar a un ex anarquista (*Noam Chomsky). En el gran esquema de las cosas, la humanidad se ha perjudicado a sí misma y la vida tal como la conocemos se ha transformado en una especie de telenovela de ciencia ficción con pocos ancestros en común con la realidad. Incluso las personas sensatas necesitan algo parecido a un lavado cerebral para convertir la gran cantidad de narraciones inverosímiles en algo remotamente parecido a la realidad. Es mucho más que la ficción o la programación predictiva. No solo te están engañando; te están mostrando cómo te están engañando.

 

 

Lo que no está ni aquí ni allá para los engañados es el historial de sus engañadores. Antes de que la tinta se secara en el papel del periódico que proclamaba la crisis venidera, las falsificaciones del COVID fueron enterradas bajo las falsedades de la guerra, la ovación de pie de Zelensky en Westminster eliminó de la tribuna la publicación de los datos de Pfizer, y los que anteriormente se unieron a la condena al COVID ahora se unieron a sus pares ucranianos. Todo esto funciona porque la gente cree que está segura de lo que sabe y no es así realmente, es más bien un consenso. Un predominio de manipulaciones, falsedades y falsos profetas gobierna el ambiente espiritual. La gente adora lo vulgar y glorifica el artificio. Nuestras elecciones morales están guiadas por lugares comunes y no por virtudes, por anécdotas y no por evidencias. Para complicar las cosas, lo que antes era sagrado se ha vuelto profano y lo que antes era profano se ha vuelto sagrado, para citar a Robert Sepehr.

Hay una guerra rabiosa, sí, y encontrarás su teatro de operaciones dentro de la psique humana. Es una guerra contra la conciencia, una atrofia de la cultura y sus duras consecuencias son el malestar espiritual de la humanidad.

Los masones, por ejemplo, entendieron que la información era poder. Ocultados más allá de las miradas indiscretas de las órdenes inferiores, los misterios esotéricos del universo están.

Entonces, como ahora, no es suficiente que estas personas tengan el monopolio del conocimiento, deben privar a todos los demás de su iluminación o ir más allá y difundir la ignorancia. Va más allá de censurar contraargumentos para fomentar falsedades. No es tanto una ruptura social sino una autoinmolación. Las personas están siendo mal informadas y son enviadas como agentes de la desinformación para deconstruir aún más lo que queda de una realidad ya deconstruida.

Para empeorar las cosas, no se han aprendido lecciones en los últimos dos años. La gente se tambalea de una crisis a la siguiente. Camina sin rumbo desde el campo de cuarentena hasta el refugio antiaéreo en cualquier dirección que les indiquen sus altos mandos políticos para luego burlarse de quien sea nominado como flagelo de la sociedad, du jour (*del día). El gran pasatiempo nacional es reunirse en casa y arrojar acusaciones a los antivacunas, los rusos (inserte su antihéroe: aquí).

 

LA GUERRA DE INFORMACIÓN

Si todo esto suena muy parecido a una guerra de información, probablemente lo sea.

La batalla por los corazones y las mentes se ha movido online. Nuestra chispa divina de la vida está siendo revisada en forma de datos. Algo de proporciones extraordinarias nos empuja a Internet, a los datos: nuestro pan de cada día (y circo), nuestros avatares digitales que viven vidas más ricas y significativas que sus propietarios ausentes. Lo que deja de valer la pena es el conocimiento de nuestros datos.

No importa de qué lado de la camino estés: si llevas una credencial del “gran despertar” o si eres un idiota de la izquierda útil al encierro, sigues siendo parte del mismo problema. Has sido tomado de rehén por una serie de narraciones impuestas y embellecidas por una clase depredadora y diseñadas con el único propósito de mantenerte absorto y no informado, sedentario y sin espíritu. En el mundo de los algoritmos, todos son creados iguales, y los datos son solo datos, no hay moralidad en ello.

Estos eventos se desenvuelven como un misterio intrigante, pero la realidad es que no se supone que se resuelvan. No hay respuestas ni restitución, es tu conciencia y no tus sistemas de creencias lo que está siendo cosechado y removido.

Lo que quieren estos sabuesos del infierno es que elijas tu bando, que elijas tu batalla, pero asegúrate de que tu campo de batalla sean las redes sociales y que no estés lanzando cócteles molotov a la Torre de Babel.

Todo el mundo tiene un perro en la pelea. En particular, los que claman por la sangre de los no vacunados o llaman a la violencia contra los rusos, que lo hacen, según Voltaire, porque “quienes pueden hacerte creer en disparates, pueden hacerte cometer atrocidades”.

Es bastante simple en realidad. Si la psique de una persona está bajo asedio y no designa a un enemigo como chivo expiatorio, es posible que se de cuenta de quién lo está atacando realmente, y el asedio simplemente no funcionará.

En este teatro del absurdo la gente se adapta a la ficción porque es más fácil que enfrentarse a verdades incómodas. Pero bajo las condiciones adecuadas, cualquier versión de la realidad, por precaria que sea, desaparecerá. Ahí es donde el Gran Reinicio entra en escena.

Una vez que profanas los mapas morales y culturales del mundo de una persona, su lugar en él se vuelve cada vez más insostenible. La gente pierde el contacto con la realidad y lo que significa ser humano. La consiguiente crisis de identidad los deja susceptibles a un hostile takeover (*una estrategia de negocios que implica comprar todo el stock para obtener el control de otra compañía cuando ésta se rehúsa a vender la firma). Entre otras cosas que podrían salir mal, está el eventual microchip de la población y las interfaces cerebro-máquina.

 

 

 

PROGRAMACIÓN PREDICTIVA

Pero se están gestando cosas aún más extrañas. La Programación Predictiva es la teoría de que una mano oculta opera las palancas de la realidad. Una especie de oficina de ajuste de la realidad que ofusca los eventos del mundo real a través del cine, la literatura y la manipulación de los medios. El principio fundamental aquí es el condicionamiento psicológico que reduce la resistencia de las personas a la aceptación de eventos futuros planificados y los alienta a cambiar las estructuras de la realidad concreta por construcciones estáticas, hasta que finalmente, nuestra visión del mundo heredada sea reemplazada por mitos y arquetipos.

Que estemos viviendo el punto de vista de la clase depredadora no es un punto discutible. Es su complejo mesíanico impreso en la conciencia colectiva y proyectado de regreso al mundo real. Por su propia voluntad las masas le están dando vida a estos grotescos y borrando el tejido social.

 

LA REVELACIÓN DEL MÉTODO

Pero es incluso más profundo que la programación predictiva. Algunos llaman a esto Revelación del Método.

Según Michael Hoffman: primero suprimen el contraargumento, y cuando llega el momento más oportuno, revelan aspectos de lo que realmente sucedió, pero en una especie de reunión limitada.

Nos dijeron que las vacunas eran inofensivas hasta que Pfizer rebajó sus propias declaraciones de seguridad, pero no antes de que todo el mundo hubiera sido vacunado. Los apologistas del bloqueo en los medios corporativos ahora están casi todos de acuerdo en que los bloqueos hacen más daño que bien. No se trata de un cambio de opinión arbitrario, sino más bien de una secuencia cuidadosamente planificada de revelaciones cuando llega el momento oportuno.

Michael Hoffman sugiere que la élite gobernante está dando aviso de su supremacía, declarándose genios criminales virtuosos, por encima de la ley e irreprochables. Pero sobre todo, te están diciendo en términos muy claros, que no tienes remedio, que estos eventos están más allá de tu control, al igual que tu propio destino. Eventualmente, una sensación de apatía y abulia envuelve a la humanidad, desmoralizándonos hasta el punto de conceder la derrota a un sistema que somos incapaces de cambiar.

No es que alguna vez tendrás restitución. La casa no está diseñada para hacer su propia limpieza. Enterrado en lo profundo de su imperio de la ley hay una constitución oculta que establece: “nada sucede sin tu consentimiento”. En esta versión del derecho contractual, una vez que la verdad se oculta a simple vista, tu la aceptas. Existe en algún lugar un contrato sin firmar con tu juramento en él.

Al final, todos somos víctimas del mismo golpe maestro, ya sea un evangelista del teclado o apologista del estado, todos están siendo jodidos, y no es tanto que se rían de ti, es que te ríes de ti mismo.

Dustin Broadbery es un escritor e investigador de Londres que intenta dar sentido a la Nueva Normalidad en los últimos dos años. En particular, las cuestiones éticas y legales en torno a los bloqueos y los mandatos, la historia y la hoja de ruta hacia el estado de bioseguridad actual y los actores e instituciones clave involucrados en la toma globalizada de nuestros bienes comunes. Podés encontrar su trabajo en www.thecogent.org, o seguirlo en twitter @TheCogent1.

 

Por Dustin Broadbery. Traducción por Silvina S. Canon Acuña. Versión original en inglés aquí.

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Lo Político

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